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Sin Género (sinopsis)





Sin Género es una breve relato que narra la historia de Sergio, un adolescente de diecisiete años que, intentando defender a su hermana, golpea a David, su silencioso e introvertido compañero de clases desde  hace años a quien no le prestaba atención hasta lo sucedido. Debido a su irresponsabilidad en la escuela,  David se convierte en el tutor de Sergio. Allí es donde ambos empiezan a conocerse y a darse cuenta que entre ambos se va formando un sentimiento que va más allá de la amistad.


Género: Homosexualidad/Romance/Drama


Autor: AnjuDark


Capítulos: 1

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Sin Género




1. Punto de Partida 

―¡Ey! – llamé en cuanto lo reconocí. Él se detuvo y miró hacia los lados.
―¿Me hablas? – preguntó al percatarse que no había nadie más que mis amigos y yo por alrededor.
―¿A quién más?– dije, de manera despectiva, mientras me acercaba.
―¿Tienes algún problema conmigo?

Me sorprendió su serenidad. Desde pequeño fui esa clase de persona que reacciona ante la menor provocación. Él era todo lo contrario, siempre tan ausente, tan ajeno a los demás. Le di un empujón, echándolo hacia atrás fácilmente.

―¿Quién te crees para jugar con mi hermana?
―¿Tú hermana?
―¡No te hagas el imbécil! Sabes de quién hablo.
―Realmente, no lo sé.
―Verónica, pedazo de idiota, VERÓNICA. Quizá necesites que te parta la cara para que no lo olvides.
―Oh, ella…

Su total indiferencia hizo hervir mi sangre. Como he dicho, soy una persona irritable, así que no dude en estrellar mi puño contra su rostro, mandándolo directamente al suelo. Mis amigos soltaron una carcajada, mientras él se limpiaba el hilo de sangre que escurría por una de sus fosas nasales. Le miré desde arriba, preguntándome qué mierda tenía mi hermana en la cabeza como para llorar por un tipo así de enclenque.

Se levantó sin decir ni una maldita palabra. Sus ojos se limitaron a verme fijamente, sin miedo, sin dolor, sin coraje, sin emoción alguna que pudiera ser descifrada. Me resultó ridículo, teniendo en claro que podía dejarlo inmóvil en el suelo si quería. No había forma de que se defendiera. La diferencia entre fuerzas era notoria y en ese callejón a lo mucho y transitaba algún vagabundo alcoholizado.

―Pídele perdón a mi hermana - ordené.
―¿Por qué habría de hacerlo? No recuerdo haberla ofendido. Lo único que hice fue recoger sus ropas y pedirle que se vistiera cuando se desnudó frente a mí.

Le terminé hinchando el otro lado de la cara y partiéndole la nariz. Andrés e Ignacio tuvieron que controlarme. De no ser por ellos, quizá lo hubiera terminado matando a golpes. No importaba si lo que me había dicho era verdad. Es más, yo lo sabía, Verónica no era precisamente una mujer reservada. Quizás debería de estar agradecido por haber evitado que cometiera una estupidez, pero lo único que tenía presente en esos instantes era la expresión temblorosa de mi hermana antes de que yo la encontrara a punto de engullir un buen puñado de pastillas.

Nos marchamos, dejándolo tirado en el suelo.
..

―Sergio, ¿qué has hecho? – preguntó Verónica al reparar las manchitas rojas que habían llegado a mi camisa.
―Nada que te importe.
Esperó a que la hora de la cena terminara. No le convenía hablar del tema. Papá y mamá no sabían nada al respecto.
―¿Lo golpeaste? – exigió saber, en cuanto entró a mi habitación.
―Lo dejé vivo. Si te molesta, lo puedo solucionar.
―¡Sergio!
―¿Qué? – pausé el vídeo juego y la encaré – No me digas que estás preocupada por él después de lo que te hizo.
―Por supuesto que lo estoy – titubeó – Quiero decir, no tenías porqué. Al final de cuentas… yo… fui yo….
―Ya calla – espeté – Te lo dije, está vivo. Es tu problema si quieres seguir atormentándote por algo que no vale la pena. Sólo te pido que no pienses en más idioteces.
―Lo siento – me abrazó desde atrás – Te preocupé, ¿no es así? Lo siento. Ese día, estaba demasiado dolida. He estado enamorada de David desde hace casi dos años. Todo ese tiempo esperé a que me notara. No lo hizo, así que yo… La culpa es mía.

Blanqueé los ojos sin que ella se diera cuenta. No creía necesario mostrarle lo inadmisible que me parecían sus sentimientos. ¿Amar a alguien por tanto tiempo y de manera unilateral? ¿A quién se le ocurre semejante tontería?

Peor aún, ¿A quién se le ocurre enamorarse de un idiota como ese?

  1. Con drama, reflexión e ironía

Él llegó a clases con una costura en la ceja izquierda, el labio partido y el rostro prácticamente irreconocible. Cabe mencionar que habíamos estado en la misma clase desde el inicio de la escuela media, pero jamás habíamos cruzado una sola palabra. Para ser sincero, ni siquiera había notado su existencia hasta que mi hermana se interesó en él y me atacó con preguntas que nunca tuvieron una respuesta.

¿Cómo se llamaba? ¿Dónde vivía? ¿Su edad? ¿Tenía novia? ¿Estaba en algún taller extra escolar? Lo desconocía por completo. Lo único que sabía, y eso porque saltaba fácilmente a la vista, era que casi nadie en la escuela trataba con él, que era de esa clase de personas que se aíslan del resto y pasan a ser una especie de sombra que todos ignoran.

―¿Crees que se queje en la dirección? – preguntó Ignacio.
―No sería mala idea dejarle en claro que no debería de cometer errores – propuso Gabriel.
―¿Lo esperamos a la hora de salida, como ayer? – terció Andrés.

Los tres voltearon a verme, dándome a mí la última palabra. Le di una gran mordida a mi Sándwich antes de contestar.

―Dudo que abra la boca a estas alturas, pero, si lo hace, me aseguraré de arrancarle la lengua.

Dos semanas después y sin recibir ningún reporte. Las heridas que le había ocasionado comenzaban a desaparecer. Era como si nada hubiera sucedido o como si él lo hubiera olvidado por completo. 

Qué aburrido, pensaba cada vez que lo veía, qué cobarde. Verónica tenía que ir mejorando sus gustos si no quería terminar con un bueno para nada.

La señorita Palacios pidió que me quedara a la salida de clases. En otra ocasión, hubiera aceptado de buena gana, cualquier pretexto era bueno para poder ver de cerca aquel enorme y firme par de senos asomándose a través de los elegantes escotes de sus blusas, pero esa tarde me encontraría con Mireya. Y si bien una de mis debilidades eran los pechos copa “C”, nada podía contra las caderas bien torneadas de mi novia.

―Sergio, estuve revisando tus calificaciones.

Ah, mis calificaciones. ¿Qué había de malo en ellas? De acuerdo, reprobaba todos los exámenes bimestrales, pero al final aprobaba las recuperaciones y asunto solucionado. Todos sabíamos eso, ¿por qué venía a preocuparse a estas alturas del partido?

―Son un poco bajas, así que me permití tomarme la libertad de escogerte un tutor para que te apoye.
―No lo necesito. Me pondré a estudiar por mi cuenta para los finales.
―No lo dudo, pero, ¿no crees que es mejor comenzar desde ahora? Quiero decir, no todo el tiempo podrás salvar las cosas en su último momento.

Me pareció innecesario contestar. Los adultos no escuchan a los adolescentes, siempre asumen que tienen la razón, aunque realmente están en un grave error. A mis diecisiete años no podía ganar una discusión con una mujer de casi treinta años, por mucho que lo intentara. Además, si lo pensaba de manera positiva, si lograba librar el semestre sin ninguna recuperación final, podría pedirle a mis padres que me compraran un nuevo ordenador y ellos no podrían negarse.

―¿Y quién es? – quise saber, nada más por simple curiosidad – Mi “tutor”, ¿quién es?
―David Ulloa. Hablé con él y dijo que no tenía ningún problema.
―¿Le dijo que se trataba de mí?
―Llevan años estudiando en la misma clase, ¿cómo no lo sabría? Sergio, espero que tus calificaciones suban para los siguientes exámenes. Puedes retirarte.

¿Qué mierda era esto? ¿Ese mudo bueno para nada, mi tutor?

―¿Pasa algo?
―No.

Mireya se colgó de mi brazo y caminamos en silencio hasta el centro de vídeo juegos en el que nos habíamos conocido siete meses atrás. 

Ambos éramos adictos al x-Box, podíamos pasar horas con un control en mano, sin voltearnos a ver. La mayoría de nuestras citas se basaban en lo mismo: jugar, ir a tomar un café y terminar en un motel barato. A mí me parecía genial.

Lo reconocí sin mucho esfuerzo, en la salida del hotel. Realmente no era una tarea complicada. La finta que se cargaba no era demasiado común, si se pensaba con detenimiento. Cabello medio largo, pantalones militares, playeras de bandas heavy metal. De acuerdo, yo vestía más o menos lo mismo, pero había algo en él que destacaba. Al menos, yo lucía como una persona limpia. Él era la viva representación del desaliño.

Pasé a su lado sin que me notara, justo cuando una chica con ropas góticas le disparaba una bofetada que prometió ser dolorosa. No vi nada más, no me interesaba, pero recuerdo que vagamente pensé que al tipo le gustaba liarse con las mujeres.

..

―Lee esto. Si tienes alguna duda, me preguntas – dijo al día siguiente, entregándome un enorme libro de Historia que dejó sobre su escritorio.

Observé la enorme biblia. Él continuó:

―Las asesorías para matemáticas, química y física serán los martes, jueves y viernes, entre tres y cinco de la tarde. En tu casa.
―¿En mi casa? ¿Realmente eres idiota o simplemente te vale una mierda lo que mi hermana siente por ti?
―De acuerdo, que sea en mi casa entonces – solucionó y se acomodó los casquillos.

Una escupida en la cara era mejor que lo que él hacía. Lo alcé de la camisa del cuello sin mucho esfuerzo.

―¿Quieres que te mate, verdad? – Siseé. – Bájale a tus humos, o te los bajo yo a puñetazos.
―¿Eso es todo lo que puedes hacer? – Contestó – ¿Amenazar, golpear, insultar? Las personas como tú, me dan lástima.

Se liberó de mi agarre con una fuerza que creí incapaz para su complexión. Apreté mis puños, deseando como nada en mi vida desfigurarle para siempre aquella expresión inalterada que lo acompañaba.

― No te creas más de lo que eres.
―Te veo mañana en la parada del autobús. –Dijo, antes tomar sus cosas y pasar a mi lado – Sé puntual.

  1.  La ira nace del temor

Llegué cinco minutos antes y él ya estaba allí, recostado contra la pared de un local de teléfonos celulares, fumando un cigarrillo. 

Tomamos el autobús sin cruzar palabra, acomodándonos como podíamos en medio del tumulto humano. Bajamos en medio de una colonia de mala muerte y caminamos un par de calles hasta que llegamos a una pequeña construcción en obra negra. Él sacó un juego de llaves de su morral y abrió la puerta de hierro oxidado. No me invitó a pasar, pero aún así lo hice. En cuanto pisé dentro, escuché un par de voces que gritaban no muy lejos.

―¡Maldita zorra!

Golpes, gemidos, cristales rompiéndose, la voz de una mujer sollozando. Él subió las escaleras como si no pasara nada, como si yo fuera el loco que escuchaba voces que no existían. Lo seguí, un tanto perturbado. Su habitación era una cueva obscura. Había libros tirados en el suelo. Lo único que parecía estar arreglada era su cama. Él tomó asiento en la vieja silla de madera que reposaba frente a una mesa pequeña y cuadrada, e hizo un ademán perezoso, invitándome a hacer lo mismo en el suelo. Con el mismo silencio, alargó el brazo y cogió un juego de hojas blancas. Escribió algo en ellas y luego me lo dio.

―¿Y esto?
―Necesito saber qué tan mal estás en matemáticas para tener un punto de referencia.

Resoplé de manera engreída, y sin más comencé a resolver el primer problema y en poco tiempo continué con el segundo y el tercero. Los gritos no dejaban de escucharse y, fuera de hallarme culpable por no haber aceptado que fuéramos a mi casa, me sentí irritado. Una persona normal no permitiría que alguien, con quien precisamente no te llevas bien, se enterara tan fácilmente de la disfuncionalidad que existe en tu familia, pero a él parecía importarle poco. No había insistido para que fuera de otra manera y yo tenía que pagar las consecuencias de su despreciable indiferencia.

Arrojé el cuaderno a la mesa, él lo cogió como si nada, sin quitarse los casquillos, y lo revisó con detenimiento. Alcanzó una pluma roja e hizo algunas anotaciones, después me dio que las leyera.

―¿Teoremas? –resoplé – ¿Me estás jodiendo?
―Las matemáticas se fundan en ellos para demostrar que son ciertas. Los resultados que tenemos a base de ellas no son triviales. Todos tienen un por qué. El que la multiplicación de un número por cero siempre sea igual a cero, no es creación de la imaginación divina del hombre.

―¿Entonces qué quieres? Mis respuestas están bien, ¿no?
―No basta con que llegues a un número. Tienes que saber interpretarlo.
―A la mierda con esto – susurré.

Un fuerte e inesperado azote abrió la puerta, abriendo paso a una silueta femenina que cayó directo contra el suelo y se arrastró por la habitación.
―¡David! – gritó la mujer, ignorándome por completo.

Fue fácil deducir que era su madre. El parecido entre ambos era asombroso. El mismo cabello negro y lacio, el mismo color de piel pálida en su rostro perfilado, la misma complexión debilucha. 

―¡David, ayúdame! ¡Tu padre me va a matar!

Él caminó hacia ella y la levantó con cuidado, ayudándola a sentarse sobre su cama. Evité mirarlos lo más que pude, pero aún así pude notar que el ojo izquierdo de la señora estaba totalmente cerrado por la hinchazón.

Algo empezó a embestir la puerta como si fuera un toro. Su padre. La mujer gimió y se acurrucó contra la pared, tapándose con las sábanas. Estaba muerta de miedo.

―Creo que ya es momento de que te vayas – dijo él.

Lo seguí, repitiéndome mentalmente que no iba a hacer lo que yo creía. Pero lo hizo, abrió la puerta y, acto seguido, se escuchó un crujido y algo pesado derrumbándose. Todo había sido demasiado rápido. No fue hasta que estábamos bajando las escaleras, que distinguí a un hombre gordo retorciéndose contra el suelo y la sangre que escurría de la nariz rota de mi compañero.

Llegamos a la avenida en la que nos habíamos bajado. Durante todo ese tiempo me había mantenido callado, pero no podía soportarlo más.

―Tu madre…
―Está bien. Cerré la puerta. – contestó, con una serenidad que, lejos de molestarme, comenzaba a temer.
―¿Lo hiciste al propósito? –hablé, rechinando los dientes – ¿Cuánto te costaba abrir tu maldito hocico y decir que tú familia es una mierda y que por eso querías que fuéramos a mi casa?

Sus ojos se centraron en mí, por primera vez en aquella tarde, y descubrí que éstos cumplían la tarea de reflejar sus sentimientos. Había en ellos una mezcla fatal y comprimida de ira, tristeza y vergüenza, pero sobre todo, odio. Odio hacia mí persona.

―¡Maldición! – escupí, ante su silencio – En mi casa. Estudiaremos en mi casa.

..

No lo había notado, pero, si buscaba en los rincones casi perdidos de mi memoria, realmente no era novedad que el chico llegara con algún golpe en la cara. Un detalle tan común que ya todos ignoraban con facilidad.

El chico no tenía amigos (o no al menos en la escuela). Entre los descansos de clases, siempre se quedaba en el salón, sin moverse de su asiento. Hablaba poco cuando alguien se le acercaba. Generalmente eran niñas que se ponían a chillar de felicidad al verlo pasar por los pasillos mientras él las ignoraba con una naturaleza cruel. Cuando llegaba la hora de salida y todos nos arremolinábamos contra las escaleras, huyendo del aula como si se tratara de una bomba nuclear, él daba sus pasos con una lentitud casi forzada, como si la bomba estuviera allá afuera, o quizás, como si quisiera que la explosión le alcanzara. Me di cuenta de estos detalles en un solo día… sin darme cuenta.

Los ojos de Vero se abrieron como platos en cuanto nos vio aparecer en la entrada de la casa.
―Hermano… - musitó, aunque no era a mí a quien veía. – ¿Qué…?
―Venimos a estudiar. No molestes.

Pasamos directo a mi habitación, sin dar más explicaciones.

―¿Realmente no te gusta mi hermana? – no pude evitar preguntar en cuanto estuvimos solos. No era un reproche, sinceramente no me lo explicaba – No es fea. Quizás esté demasiado  flaca y baja de estatura, pero…

Me tendió un paquete de hojas, una manera demasiado peculiar de decir “cállate el hocico”.

―Entre menos tiempo esté aquí, será mejor.

Percatarme que lo dijo pensando en Verónica  hizo que sintiera un poco de simpatía por él.

―Siéntate donde gustes – ofrecí. A diferencia de su cuarto, al mío le sobraban muebles, luz y espacio.

Se acomodó en un gastado sofá de audio que tenía junto a mí vieja consola NINTENDO 64, mientras yo me apresuraba a resolver la serie de ejercicios que me correspondían. Noté que alcanzaba uno de los controles.

―¿Te gustan los videojuegos?
―Algo.
―Puedes encenderlo.

Mi repentina amabilidad parecía perturbarle tan poco como lo habían hecho mis múltiples agresiones. Sin hacer ni el más mínimo gesto, encendió el televisor, conectó los cables y empezó a jugar The Legend of Zelda.

No presté mucha atención a lo que hacía, pensé que se trataba de un novato, pero, oh sorpresa, cuando terminé de resolver los problemas, descubrí que el tío era todo un gurú del tema y al poco tiempo me encontraba con el otro control en mano, jugando a su lado.

The Legend of Zelda, Super Mario y Donkey Kong. Cerca de seis horas invertidas en estos juegos. Hubieran sido más, de no ser porque mi hermana tocó a la puerta y nos preguntó, con mejillas sonrojadas y voz titubeante, si bajaríamos a cenar.

David y yo intercambiamos miradas, asombrados, y dejamos los controles a un lado una vez que mi hermana se retiró.

―Es noche – murmuró, mientras se colgaba la mochila en los hombros – ¿Terminaste los problemas?
―Sí.
―Mañana te los entrego corregidos.
―Perdimos mucho tiempo.
―Qué bueno que te das cuenta – comenzó a escribir rápidamente sobre un par de hojas, al derecho y al revés. Luego las dejó sobre la mesa y señaló hacia ellas – Así no te podrás quejar.
―¿Qué es? – Me acerqué y lo descubrí por mi cuenta. Era más tarea.

Lo que acabo de narrar se repitió con cada martes, jueves y viernes de cada semana. Poco a poco, y sin que yo me percatara de ello, comencé a verlo como amigo… o quizás como algo más.


  1. ¿Amigos?



Esquizofrenia, Capítulo 3.



Conociéndote.


De fondo, la suave melodía invadía la pequeña estancia y llenaba el aire con una fragancia dulce, pasible. Ella escuchaba atenta, sus ojos sorprendidos perseguían el movimiento de los diez dedos que se deslizaban grácilmente sobre las teclas del piano hasta que finalmente se fijaron en el joven que, minutos antes, la había invitado a sentarse a su lado y ahora, tras dejar de interpretar la delicada nota, tomaba sus manos entre las suyas.
 —Toca una vez más – pidió Violeta.
—¿Otra vez?
—¿Te molesta?
—No. Tocar me recuerda a ti. Te lo he dicho,  ¿no?
Asintió, sonriente. Le alegraba saber que Genaro pensara en ella de vez en cuando. Le alegraba, pues, ella pensaba en él casi todo el tiempo.
—Te tengo una sorpresa – anunció Genaro, entregándole un sobre.
—¿Una sorpresa?
—Ábrelo.
Lo hizo y desplegó la hoja que venía dentro. Leyó con atención cada una de las líneas, esbozando poco a poco una extensa sonrisa conforme iba entendiendo que se trataba de un permiso para salir del sanatorio por un día.
—Genaro…
—Dime qué quieres hacer
—Me gustaría escucharte tocar el piano.
No había cosa alguna que le gustará más, aparte de su compañía.
—Vamos a mi casa, entonces.
—¿A tu casa?
—No pienso permitir que te quedes aquí cuando tenemos la oportunidad de salir – se puso de pie y la jaló suavemente para que hiciera lo mismo – Vamos. Hay una sorpresa en tu habitación.
—¿Otra? – se extrañó – ¿A poco hoy es mi cumpleaños?
—No lo sé – rió él – Pero, si quieres que así sea, así será también.
Genaro esperó en la pequeña sala donde la había visto por primera vez,  desplegando aquellos recuerdos con lentitud, mientras Violeta contemplaba con una sonrisa pequeña la blusa tendida sobre las sábanas de su cama. Era un modelo sencillo color beige, de mangas largas y textura suave y fresca. No se preocupó en combinarla, sólo se limitó a ponérsela con un entusiasmo infantil, olvidándose totalmente del resto. Lo único que quería era que Genaro la viera, no deteniéndose a pensar si le sentaba bien o no el corte.
—¡Mira! – llegó corriendo hacia él, descalza, con el cabello muy alborotado y los holgados pantalones blancos de la clínica – ¡Estoy lista!
Y Genaro se echó a reír un buen rato, encantado, mientras ella le acompañaba, aunque no sabía el porqué de tan buen humor. Ella reía porque él reía, una reacción tan simple y espontánea como lo era el respirar.
—Ponte unos zapatos o te lastimarás los pies en cuanto salgamos – recomendó él, apenas y con aliento.
Violeta obedeció y al regresar ya traía puestos un par de tenis y había cambiado los pantalones blancos por unos pants, igual de holgados, pero color azul. Con el cabello no se podía hacer nada, iba tan enredado que los pájaros bien hubiera podido formar un nido en él sin mucho esfuerzo. En pocas palabras: la chica iba hecha un desastre, pero no importaba. Ella no sabía lo mal que se veía y la mirada de Genaro brillaba de ese modo que la hacía sentirse especial…
Dio un paso para salir de la clínica con firme decisión, pero al estar fuera y ver todo lo que le rodeaba, carros, edificios y casas, comenzó a titubear. De no ser por la mano de Genaro apretándose a la suya, hubiera dado media vuelta y regresado a su permanente encierro.
—Tengo miedo –confesó.
—No lo hagas. Yo estoy contigo y no te soltaré…
Y haciendo esa promesa la comenzó a guiar lentamente por las calles, sin soltarla en ningún momento como había prometido. Para Violeta, ver toda esa gente, todos esos puestos de golosinas y accesorios era una experiencia nueva. Esa simpleza, que se ausentaba en sus alucinaciones, hacían de todas ellas un escenario magnifico y real, convirtiendo las horas de caminata en minutos.
—Esta es mi casa – señaló Genaro – Ven, pasa.
Y Violeta aceptó la invitación, contemplando la elegante estructura con inocente curiosidad y quitándose los tenis en cuanto se percató del pulcro alfombrado.
—¿Qué haces? – preguntó él, divertido
—No quiero ensuciar.
—No es necesario que te preocupes por eso.
—¿Puedo hacerlo aún así? – pidió – Me gusta cómo se siente
—Claro – aceptó él, haciendo lo mismo y jalándola directo a la sala de piano.
—¿Y tus padres?
—Creo que no están.
—Es hermoso – se asombró Violeta al contemplar el piano de cola que se hallaba en el centro.
Genaro la condujo hasta él y, con modales de un caballero del siglo XIX, jaló la butaca, se inclinó un poco y, haciendo un gesto ridículamente elegante con la mano, dijo:
—Siéntense, madame.
Violeta obedeció, riendo. Después él se acomodó a su lado y, sin decir más, comenzó a pasear sus dedos por lo largo de las blancas teclas de marfil, produciendo un sonido suave y lento, que poco a poco se fue llenando de sentimiento. Violeta sintió que su alma era invadida por aquella ternura destilada; la sintió cantar en algún rincón secreto, sólo para ella, muy bajito y dulce, como si la estuviera arrullando.
—Esta es la melodía que te conté cuando te conocí – dijo Genaro al terminar de tocar – Love Remembered, de Philip Wesley.
—Es… - Violeta no hallaba las palabras para describirla – Gracias.
Él tomó sus manos con un poco de fuerza, enredado sus dedos entre los suyos y mirándola fijamente a los ojos. Su rostro había cambiado, se mostraba ahora un poco angustiado, pero para Violeta era algo natural. Estaba segura que ella tenía más o menos la misma expresión de miedo. Miedo de pensar, aunque fuera por un segundo, que el estar juntos era una mentira, que esa habitación, el piano y él desaparecerían en cualquier momento. La presión de la mano de Genaro duró otro par de minutos, después se fue relajando poco a poco. Violeta no podría decir en qué momento sus frentes se habían unido para quedar tan cerca, que podía sentir claramente la respiración de Genaro chocar contra la suya. De lo único que era consciente es que esa cercanía le provocaba algo… algo que, pese a que le revolvía el estómago, le gustaba.
—Violeta… – susurró Genaro, haciéndola estremecer, pues nadie antes había dicho su nombre con tanta calidez – Te quiero…
Lo miró a los ojos. En ellos ya no había miedo ni preocupación, en ellos había sinceridad. Ella permaneció en silencio, al no saber qué decir ni cómo interpretar ese “te quiero”. No recordaba que muchas personas se lo hubieran dicho antes. Solamente sus padres y su abuelita, pero Genaro no era parte de su familia, aunque lo consideraba como alguien muy importante. Además, ese “te quiero” era diferente; diferente y muy parecido al “te quiero” que ella, de  no ser por su confusión, le diría a él.
Pensando en eso estaba Violeta, cuando Genaro acomodó una mano sobre su cuello y comenzó a acercarse, culminando la poca distancia que quedaba entre ambos y rozando sus temblorosos y resecos labios con tranquilidad, mientras ella respondía ese gesto con el cerrar de sus ojos y el relajamiento de su boca, disfrutando de ese beso que Genaro le daba, lento, tierno y delicado…
—Feliz cumpleaños – susurró él, sin apartarse mucho, sólo lo necesario para que pudieran recobrar la respiración…

…


Genaro la encontró quieta, con la punta de sus dedos presionando sus labios y los ojos cerrados. Sus mejillas estaba sonrojadas y su cuerpo temblaba un poco. Parecía recordar algo muy agradable, pues luego, sin dejar aquella postura, sonrió un poco, como que apenada, pero feliz. Esperó sin interrumpir, pues su imagen le resultaba gloriosa de la manera más extraña, como si la estuviera compartiendo de alguna forma. Con cuidado, tomó asiento frente a ella, contemplando aquella maraña color azabache que el viento revolvía a su gusto y el rostro moreno, un poco pálido y con ojeras, curiosamente familiar.
—¿Quién eres? – preguntó sin poderse contener. La muchacha abrió los ojos y le sonrió, como si su presencia allí no le sorprendiera.
—Genaro – volvió a llamarlo por su nombre con esa familiaridad que una parte de él creía recordar, pero se mostraba muy borrosa y distante – Gracias.
¿Gracias? ¿Por qué? ¿De qué? Frunció el seño, confundido. 
—¿Nos conocemos?
—Toca otra vez – pidió ella, como si no lo escuchara - Por favor.
—¿Qué toque? ¿Qué cosa?
—¡El piano, tonto!
—¿El piano…?
—¡Sí! – se levantó y corrió a una banca cercana – ¡Ven! – lo llamó desde ahí y, a pesar de que Genaro sabía que la chica estaba actuando como una loca, aceptó.
—Amable caballero, ¿acaso no me invitará a tomar asiento? – inquirió Violeta con teatral elegancia, arrancándole una sonrisa.
—Claro – siguió Genaro aquel juego con una naturalidad que le sorprendió – Permítame ayudarla, madame.
Pero Violeta, aunque ni ella misma pareció percatarse de ello, esquivó su mano y tomó asiento.
—Es un piano hermoso.
—Tengo uno mejor – dijo él, con voz baja, como quien dice un secreto
—¿En serio?
—Cierra los ojos y te llevaré hasta él – prometió. Violeta lo hizo y él volvió a sonreír por su ingenuidad. Luego tomó una de sus manos con cuidado, temeroso de que ella lo rechazara como lo había hecho segundos antes, comprobando al momento que aquel tacto frío le resultaba, como muchas cosas referentes a esa niñita, conocido.
La llevó a la sala de piano de la clínica psiquiátrica, en la misma que la había visto ayer, y la ayudó a sentarse a su lado.
—Ya puedes abrir los ojos – indicó, soltando sus manos para acomodarla sobre las teclas del piano – ¿Qué quieres que toque?
—Love Remembered – contestó Violeta y él se sorprendió.
Esa melodía era especial. Por alguna razón siempre la mantenía presente en su mente y no había noche alguna en la que no la tocara antes de ir a dormir… pues con ella siempre soñaba estar sentado al lado de alguien en una agradable y fresca habitación…
Una agradable y fresca habitación... Alguien especial junto a él…Cuando terminó de tocar, Genaro fijó su mirada en la pequeña muchacha que se hallaba a su lado. Y entonces comprendió que su silueta era muy parecida a la de persona que le acompañaba en sus sueños.
—¿Quién eres tú? – preguntó por segunda vez, más por necesidad de saber que por curiosidad.
Y ella, mirándole a los ojos, contemplando en ellos aquella angustia y aquel miedo que, alguna vez, llegó a apreciar en un pasado, respondió:
—Soy Violeta…
—Violeta – repitió él, esforzándose por aclarar los obscuros recuerdos – Parece que sabes mucho de mí… ¿Por qué?
—Yo…
—¡Genaro! – estalló una voz, interrumpiéndolos…

Ezquisofrenia capítulo 2



Confusión.

—Así que no compones. Sólo tocas. – dijo Violeta.

—Soy malo para eso –admitió Genaro

—No es algo sencillo.

—Para algunas personas parece que sí – apuntó – ¿Y tú? ¿Escribes?

—¿Cómo lo sabes? –se sobresaltó ella. Genaro se limitó a señalar el cuadernito que yacía sobre su regazo – Qué perceptivo...

—¿Puedo? – solicitó. Violeta lo dudó por un segundo, pero al final se negó. El rubor contrastando con su piel morena lo cautivó. Su mano pareció cobrar vida propia, pues cuando menos lo esperaron ambos, éstas ya se encontraba paseando la punta de los dedos por el terciopelo de sus mejillas. Violeta sintió algo raro en el estómago. Algo nuevo e inquietante, pero agradable.

—Lo siento – la cálida caricia se fue así como había llegado – Has de pensar que soy un degenerado. Pero…

—¡Qué absurdo! – Violeta soltó una risita. 

—¿Absurdo?

—Sí – rió un poco más y luego fue ella quien buscó la mano de él – No me molesta que me toques. Eso también me ayuda. No me gustaría despertar un día de estos y enterarme de que eres un “amigo imaginario”. Así que no me sueltes.

Genaro contempló fijamente aquellos grandes ojos de color verde. A sus diecinueve años, no había visto nada parecido. Eran hermosos. Violeta era hermosa, al menos para él. Cualquier otro hubiera podido decir que era demasiado pequeña y flacucha y que sus cabellos siempre desordenados le daban un aspecto sombrío. Que sus labios resecos y pálidos no antojaban para nada un beso y que el color de su mirada perdía cualquier atractivo gracias a las ojeras y el aire desorientado que le adornaban. Pero para Genaro toda esa disparatada combinación le resultaba encantadora. Le gustaba esa forma tan suya de caminar y ese semblante distraído que siempre se reflejaba en su rostro y movimientos. Le gustaba platicar con ella y verla sonreír. Le gustaba lo apacible de su voz y ver cómo el viento enmarañaba aún más su pelo. Pero sobre todo, le gustaba su compañía, esa misma que les permitía estar hora tras horas juntos, sin poder decir ni una sola palabra, y aún sentirse plenamente cómodos…

—¡Genaro!

—¿Qué sucede? – Dio un respingo al contestar.

—Tengo minutos hablándote – dijo la voz al otro lado de la puerta de su habitación. Era su madre – ¿Estás bien?

—Sí – respondió, aún confundido – Me quedé dormido. Lo siento.

—La cena ya está lista.

—En seguida bajo.

Escuchó los pasos de su madre alejarse y luego se dejó caer de espaldas. Miró el techo con detenimiento y tragó saliva. El aturdimiento seguía latente en sí. Aquellas imágenes habían sido tan nítidas, casi tangibles, como las ilusiones que alguna vez llegó a vislumbrar. Pero esta vez no habían sido ilusiones. Su madre le habría escuchado hablar solo en caso de ser así. Había sido un sueño, un sueño que amenazaba con ser real y desaparecer. Ya casi no recordaba nada de él, más que esa chica… esa chica había estado presente.

<<Seguramente fue por la impresión de esta tarde>> se obligó a creer, mientras evocaba el par de esmeraldas  que le habían mirado con aquella extraña mezcla entre el azoro, el reconocimiento y la locura. Luego se estregó la cara con ambas manos y se levantó.

Vio a Andrea desde las escaleras. Ella le dedicó una sonrisa maternal al verlo.

—¿Y papá? – inquirió mientras jalaba la silla y tomaba asiento frente al tazón humeante.

—Dijo que llegaría tarde y que no lo esperáramos para comer.

—Su nuevo puesto lo mantiene muy ocupado –cogió la cuchara y sorbió un poco de sopa.

—Él está muy contento. Trabajó muy duro para  ser subgerente de la empresa.

—Lo sé.

—Y hablando de eso – recordó Andrea – ¿Fuiste a investigar sobre las escuelas que hay en esta ciudad?

—No – admitió, con un gesto de disculpa – Tenía mucho que no hablaba con el Tío Carlos, así que no me percaté de la hora hasta que fue ya muy tarde. Mañana iré a investigar. Así también aprovecho para conocer un poco más los alrededores.

—Me imagino que estuviste toda la mañana en casa de tu tío.

—No – aclaró – Él tenía una cita en el centro clínico en el que trabaja, así que lo acompañé.

—Genaro – la voz y el rostro de Andrea cambiaron al instante – Sabes que no me gusta que vayas a esos lugares.

—No tiene nada de malo, mamá – debatió él, suavemente.

Andrea la miró con dureza, pero ya no discutió más. Se limitó a comer con la actitud silenciosa y desaprobatoria que siempre optaba ante ese tema. Genaro hizo lo mismo, sin prestar mucha atención al mal humor de su madre pues no podía arrancarse de la cabeza a esa muchachita de rostro canela y desgreñado cabello. Sonrío un poco ante el recuerdo difuso de su imagen y suspiró hondamente al estar de regreso a su cuarto. Frunció el ceño y se preguntó una vez más si aquella jovencita era real.

Entonces se convenció de que había sólo una manera de averiguarlo.

..

—No esperaba verte por aquí – lo recibió el tío Carlos, un doctor joven y de carácter alegre y amable, invitándolo a pasar a su consultorio.

Genaro le estrechó fuertemente la mano, después tomó asiento frente al elegante escritorio y echó un rápido vistazo al lugar. 

—Necesitaba hablar contigo.

—Tú dirás.

—Ayer que vine, creo que conocí a una muchacha.

—Crees.

—Sí –confirmó. Hizo una pausa antes de continuar – Creo. Eso me preocupa.

—Genaro, tranquilo. Tu enfermedad ya está controlada, pero si tú mismo te sugestionas…

—Lo sé –admitió – Pero esa muchachita era… rara. No la conozco, pero ella dijo mi nombre. Y después desapareció.

—¿Desapareció? ¿Así, nada más?

—Se la llevaron unos enfermeros.

El doctor Carlos recargó la espalda en su confortable sillón de piel y meditó por un par de segundos.

—¿Recuerdas cómo era esa muchacha?

—Tenía ojos color verde.

—Hay muchas pacientes aquí con esa descripción. ¿Podrías ser más específico?

—Yo… – frunció el ceño – Su imagen es un poco difusa. Tengo mala memoria. Pero… me dijo su nombre –recordó vagamente – Vio… Violeta.  Se llamaba Violeta.

—Eso es mejor – dijo Carlos y comenzó a teclear en su computadora – Hay dos pacientes con ese nombre.

Genaro se inclinó para mirar la información habida en la pantalla e inmediatamente se fijó en la fotografía de una jovencita de piel morena y cabello negro.

—Es ella –señaló.

—Vaya, vaya – sonrió Carlos –Creo que, más que haber visto una ilusión, mi sobrino ha sido producto de, ¿cómo le dicen?, un “amor a primera vista”.

—¿Quién es? –pidió saber –  ¿La conoces?

—Una amiga me ha platicado de ella – respondió Carlos –La internaron aquí hace más de medio año. Sufre de esquizofrenia.

—Ya veo… - murmuró. Nadie mejor que él comprendía lo horrible que era padecer esa enfermedad – ¿Tú crees que pueda hablar con ella?

—¿Hablar? – se sorprendió su tío – ¿Sobre qué?

—Quiero saber cómo es que supo mi nombre.

—Pudo haberlo escuchado por allí. O tratarse de una simple coincidencia…

—Aún así. Me gustaría que ella me lo dijera.

—Tendría que preguntarle a mi colega – titubeó Carlos - Genaro, ¿Porqué tanto interés?

—No lo sé...

..

—Sé que quizás te suene extraño, pero, me da gusto que quieras acercártele – decía Graciela mientras lo conducía por el extenso jardín – Violeta siempre está sola. En un principio nos vimos en la necesidad de mantenerla encerrada porque tenía constantes arranques de violencia. Ayer justamente decidimos vigilar su comportamiento al interactuar con más personas pero lo único que hemos notado es que prefiere estar sola.

— ¿Su familia no la visita?

—No puedo darte ese tipo de información. Allí está –frenaron y él la buscó de inmediato.

La encontró allí, aún a varios metros de distancia, sentada bajo la sombra de un árbol, con la mirada perdida en algún pensamiento incógnito. Sin planearlo, Genaro dio un paso al frente. Graciela le detuvo.

—Contéstame una cosa – pidió la doctora – ¿Por qué has venido a verla?

—Mi tío Carlos me preguntó más o menos lo mismo –contestó – Siendo honesto, ni yo mismo lo sé. Al principio sólo quería asegurarme que no estaba recayendo y viendo cosas que no existen. Tampoco sé porqué ella me causó esa impresión. Lo único que tengo claro es que quiero conocerla. No sé porqué, no sé para qué. Sólo sé que tengo que hacerlo…

—Bien – Graciela lo Soltó – Ve con cuidado.

—Gracias –sonrió Genaro y caminó lentamente hacia donde Violeta estaba...




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Saludos :)

Anyo~
Gracias por pasar por aquí.
Sé que no aporta nada productivo, pero igual espero
te diviertas un poco y te familiarices más con las historias.
Gracias.

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